Febrero. 2026
El segundo mes del año (par) comienza carente de propósitos absurdos o intenciones incoherentes. Es más fácil afrontarlo sin tanta presión innecesaria, esa que nos hace perder de vista lo que realmente importa: lo que sucede mientras pensamos en empezar de cero, corregir errores o abandonar de una vez por todas los malos hábitos. Pero como el tiempo no avanza en línea recta — se repite, se dobla sobre sí mismo— nos empuja, una y otra vez, a formular, año tras año, los mismos deseos. Y los deseos no se planifican ni son una lista blindada. Yo prefiero los deseos inmediatos; prefiero no planificar absolutamente todo lo que va a pasar este año, porque perdería la capacidad de sorprenderme. Lo mejor de las cosas está en lo imprevisto, en los encuentros inesperados, en los planes de última hora o en una risa espontánea.
Por eso nunca me han gustado los años pares. Me da la impresión de que todo parece encajar demasiado bien. Demasiado equilibrio que me inquieta. Demasiada simetría que me incomoda. No existe una razón concreta ni un acontecimiento que lo justifique; es una percepción persistente, una idea que se instala en mí de forma irracional. Es una superstición, lo sé, pero como todas las supersticiones, no necesita argumentos. Y, sin embargo, gracias a ellas interpretamos el mundo, el tiempo o nuestra suerte.
Así fabricamos nuestra vida: creyendo que pequeños actos, inconscientes o muy reales, pueden alterar el rumbo de los acontecimientos. Nos ofrecen una sensación de control frente a lo impredecible, frente a lo desconocido. Son gestos casi automáticos, efímeros —tocar madera, pedir un deseo en silencio cuando estrenas una prenda nueva o no querer levantarse de la cama un martes 13—tan integrados en nuestra vida, que los repetimos casi sin pensar, aún con altas posibilidades de que no funcionen como esperamos. Pero cuando por casualidad, se cumplen —cuando encontramos ese trébol de cuatro hojas— nos aferramos a ellas para siempre, reforzando la sensación de que estos pequeños gestos realmente importan.
Al final, los propósitos y las supersticiones son actos de fe. Son formas de negociar con la incertidumbre para convencernos de que podemos influir en el azar, en nuestra suerte o nuestro destino. Tal vez no creamos en ellas por convicción, sino por necesidad. Porque a veces basta con ese mínimo gesto de cruzar los dedos un segundo para sentir que, al menos por un instante, no estamos completamente vulnerables ante lo desconocido y podemos conseguir todo aquello que deseamos.
Yes.
