En esta época obsesionada con las respuestas rápidas, un reel quiere resolverte la vida en treinta segundos; Dostoievski puede necesitar doscientas páginas para complicártela aún más. Los clásicos no necesariamente resuelven nuestras dudas. Las hacen mejores.
Las personas del siglo XXI vivimos rodeadas de respuestas instantáneas, algoritmos, pódcasts, gurús y fórmulas para prácticamente todo. Y, sin embargo, yo sigo necesitando a un ruso muerto hace casi un siglo y medio para intentar entender qué coño significa amar.
Leer a Dostoievski exige algo bastante contrario a la lógica contemporánea: tiempo, atención, incomodidad y tolerancia a no tener ni idea. Exige permanecer en la contradicción. Algo que se nos da regular últimamente. Él, mientras tanto, te presenta un personaje capaz de pensar una cosa y la contraria y te deja ahí con él. Arréglatelas.
En Noches blancas termina preguntándose si todo un instante de felicidad es acaso demasiado poco para toda una vida. Quizá no haga falta llegar tan lejos. Lo que sí está claro es que tenemos cierta obsesión por medir las cosas por su duración, cuando algunas de las experiencias que más permanecen en nosotros apenas necesitaron unos minutos.
Pero, si tengo que quedarme con algo de esa novela, vuelvo al principio: «Era una noche maravillosa, una de esas noches que quizá solo sean posibles cuando somos jóvenes, querido lector». Después, el narrador contempla un cielo tan luminoso que se pregunta cómo puede haber personas malhumoradas bajo un cielo semejante.
Y ahí sí estoy de acuerdo con él. Pase lo que pase, nunca pierdo la capacidad de maravillarme. Me parece una forma bastante digna de resistencia.
Porque la cultura, adopte la forma que adopte, ensancha nuestra vida interior. Y recurrir al arte para intentar comprender la experiencia humana siempre ha formado parte de la mía. No solo recurrir a él, sino formar parte de él. Abrir un libro de arquitectura de Rem Koolhaas, mirar un cuadro de Pollock e intentar comprender sus emociones, escuchar una canción mil veces para comprender las mías. Y por qué no, dejarme llevar por la belleza absurda y absolutamente necesaria de un desfile de Dior.
Jonathan Anderson pertenece a esa pequeña categoría de creadores capaces de recordarme por qué me interesa tanto la moda. Nunca ha entendido la moda como un universo cerrado de vestidos, bolsos y tendencias. Su mundo está lleno de cosas. Arte, artesanía, fotografía, objetos encontrados, literatura, flores, muebles, archivo, historia: todo puede entrar en el proceso creativo. Y eso me fascina.
Para él, la alta costura es una lente a través de la cual puede experimentar el presente, recomponerlo e imaginarlo de nuevo. Dostoievski utiliza personajes. Anderson tejidos. Uno necesita páginas; el otro volúmenes, proporciones, referencias, cuerpos y objetos. Entre el escritor ruso y un diseñador al frente de Dior hay, en principio, pocas posibilidades de conversación. Pero ambos hacen algo parecido: miran la realidad durante más tiempo del habitual y después nos la devuelven transformada.
Y eso es arte, una manera de mirar dos veces. De detenerse donde todo invita a pasar de largo. De seguir haciéndose preguntas cuando la pantalla promete respuestas inmediatas.
Quizá el arte sea el antídoto precisamente porque no intenta convencernos de que todo va a salir bien. No te da cinco pasos para conseguirlo. No conoce el secreto definitivo de la felicidad. Hace algo bastante menos espectacular y más útil. Nos ayuda a seguir teniendo curiosidad por el mundo incluso cuando el mundo resulta difícil de entender.
Un libro, una canción, una película. Un vestido. Una noche maravillosa.
Y sí, Dostoievski tenía razón después de todo. A veces, un instante de felicidad no es tan poca cosa.
Yes.
