Mi niña interior no necesita que haya nadie mirando para pasárselo bien.
Últimamente he pensado mucho en ella. Supongo que alguien, en algún momento, decidió que, además de tener personalidad, traumas y una cuenta de Spotify, necesitábamos una niña interior.
Yo he localizado a la mía.
Está en el salón.
Bailando sola.
Con Billy Idol y bastante volumen.
Y, sinceramente, me parece una actitud hasta razonable.
Hay algo que me gusta de Dancing with Myself: la idea de bailar sola. Sin público, sin coreografía, sin que nadie te haya invitado a una fiesta. A ella no le hace falta. No necesita nada para empezar. Es la protagonista de su propio videoclip. Y aunque baile fatal, tampoco vamos a ponernos exigentes.
Es bastante activa. Y tiene opiniones. Muchas. Algunas absurdas. Y otras no siempre coinciden con las mías.
Ella ha entendido el maravilloso mundo de hacer cosas porque sí.
¿Quieres desayunar para cenar? Adelante. Porque, francamente, ¿quién decidió que el desayuno tenía horario?
¿Quieres escuchar la misma canción cinco veces seguidas? Se escucha. Y pocas me parecen.
¿Quieres volver a ver por vigésima primera vez la misma serie? Tenemos un problema. Pero no es ese.
— ¿Por qué quieres volver a ver otra vez esa serie?
— Porque me gusta
— Pero la hemos visto veinte veces
— Veintiuna
Y ya está.
Ella pone la canción. Ese es su superpoder. Ha sonado Dancing with Myself y tiene cosas que hacer.
Porque cuando busco a mi niña interior, nunca está donde se supone que debería estar.
Está bailando.
Sola.
Y bastante bien, por cierto.
Bueno, bastante bien para ella.
No baila porque tenga que hacerlo. Baila porque ha sonado una canción. No necesita público. Solo música.
Porque sigue pensando que una canción puede solucionar prácticamente cualquier cosa. Y quizás tenga razón.
No sé muy bien qué hacer con mi niña interior. Pero parece que ella ya sabe qué hacer conmigo.
De momento, ha puesto otra canción.
Y creo que esta también la bailamos.
Yes.

