Soy una gran defensora de las primeras veces. Me gustan incluso cuando salen mal. Quizás sobre todo cuando salen mal, poque son las únicas que no pueden repetirse del todo. En mi memoria, las primeras veces tiene un cuarto propio. No es muy grande, pero está lleno. Ahí conviven las importantes y las que no parecían merecerlo. Una especie de cuarto pequeño y silencioso al que vuelvo de vez en cuando y en la que todavía se conservan, casi intactas, algunas escenas. No solo las grandes escenas, las que reconozco enseguida como importantes, sino también esas pequeñas primeras veces más discretas, casi invisibles que llegan sin anunciarse, y sin embargo, terminan ocupando un espacio desproporcionado.
Están, claro, esas primeras veces destinadas a no olvidarse nunca: la primera vez que monté en bici —y con ella la primera cicatriz—, mi primer día de colegio, el primer amigo que sentí que va a durar para siempre. El primer verano en que entendí que la felicidad podía ser una piscina, el pelo mojado y volver a casa sin ninguna prisa. La primera vez que descubrí que mis padres no lo sabían todo. La primera vez que tuve vergüenza de algo. El primer concierto. Mi primera borrachera. El primer beso o mi primera vez.
Esas primeras veces parecen tan categóricas, tan importantes, que da la impresión de que vienen cargadas de una intensidad tan rotunda que resulta imposible pensar que algo así pueden volver a repetirse. Y a menudo es verdad.
Pero no. Hay miles de primeras veces que una no espera, o que viven agazapadas en los pliegues de la vida adulta, y aparecen cuando ya creía que mi asombro estaba casi agotado. La primera vez que conduje sola y sentí, al mismo tiempo, libertad y miedo. La primera mudanza a una nueva casa que soportas entre el estrés del caos y la alegría callada de saber que eso, por fin, también te pertenece. La primera vez que probe algo que pensaba que no me iba a gustar y me encantó. La primera vez que dices no sin sentirte culpable o la primera vez que me atreví a preguntar algo que llevaba demasiado callando.
Y luego están esas primeras veces que no habría querido vivir nunca. Las que duelen. Las que no se celebran, las que nadie aplaude, las que ojalá no hubieran encontrado hueco en ese cuarto de la memoria. Como la primera vez que te rompen el corazón de verdad que además no suele tener nada de épico. No hay tormenta, ni una canción perfecta, ni una frase digna de tatuaje. Lo normal es algo más triste y cutre: un mensaje mal escrito, una llamada incomoda o un silencio que se alarga un poco más de lo normal.
Pero no es la única. También llega la primera vez que entiendes que hay despedidas sin remedio. La primera noticia que parte la vida en dos: antes y después. Porque hay primeras veces que abren grietas. Y una aprende entonces que no todo lo que parece pequeño lo es, ni todo lo que parece definitivo lo es para siempre.
Las primeras veces no siempre llegan cuando las espero. A veces aparecen tarde, cuando ya había decidido que a estas alturas pocas cosas podían sorprenderme. Y entonces pasa algo. Algo mínimo a veces. Algo enorme otras. Algo que no se parece a nada de lo que había imaginado. Otras superan cualquier expectativa y quiero que se conviertan en una primera vez interminable. A veces me asustan, me dan vértigo, me dejan temblando un rato. Pero, pasado ese primer impacto, entiendo que son precisamente esas primeras veces las que no quiero dejar de vivir. Así que tendré que ir dejar espacio para ellas.
Para L.
Yes.
