12:00 p.m. Ducha, beauty & outfit. Mi momento de mayor calma del día, o al menos el más convincente. Una se agarra a eso: a la idea de que todo está en su sitio, aunque sea durante tres canciones. Subo la música más de lo razonable —o mejor dicho, lo justo para que deje de serlo— y me entrego a esa ceremonia íntima que consiste en cantar como si nadie me escuchara, con la sospecha constante de que alguien, inevitablemente, lo hará.
Repito canción. Luego otra vez. Y otra más, hasta que deja de ser una elección y pasa a ser una insistencia. Una pequeña obsesión doméstica. El vecino, que no ha elegido formar parte de nada de esto, aparece para sugerir que quizá debería hacérmelo mirar. Que ya está bien de poner una y otra vez la misma canción.
Y es ahí donde una se pone seria:
—Perdona, esto no es una canción.
—Habla con propiedad
—¡Es un himno!
Limón y sal cumple ahora ese papel en esta historia. O, mejor dicho, en mi historia en este lugar y momento determinado. En alguna otra parte del mundo —seguro— también lo es para alguien más. Lo será durante unos días, quizás semanas, hasta que otra venga a ocupar su sitio. La lealtad musical dura lo que dura un flechazo: lo suficiente para parecer eterno mientras sucede y perfectamente reemplazable cuando se acaba.
A veces no es necesario buscar la lógica a una canción. Basta con que ocurra. Ese momento en el que piensas: joder, qué temazo. Y ya no hay salida. La repites hasta sabértela, hasta cantarla tan alto que te sirve como desahogo, hasta empezar a necesitar, —o a fantasear— con esa idea de huir un poco de uno mismo, de cambiar de personaje, de adoptar otro papel.
Hasta que mi perro —que tampoco ha elegido nada de esto— me mira y parece decirme: ¿otra vez, tía?
Después llega la fase intima: auriculares, volumen al máximo, la letra delante, la traducción si hace falta. Como si entenderla fuera a cambiar algo. No cambia nada. Solo la acerca más. Y entonces deja de ser privada. Sale de los cascos, pasa a los altavoces y se convierte en un problema compartido. Quieras o no. Los altavoces ya no suenan bien. Hace tiempo que no. En algún momento se reventaron a base de entusiasmo. Pero da igual. Porque el oído, llegado a ese punto, ya no es el que escucha. Es otra cosa.
Hay canciones que se agotan. Y otras no. O mejor dicho, hay canciones que dejamos de escuchar y otras a las que siempre volvemos, incluso cuando juramos que no. Como esas personas que no encajan del todo pero tampoco desaparecen. Las que vuelven cuando baja el volumen de todo lo demás. Y entonces necesitas pedir un bis. No porque no sepas como acaba. No porque esperes algo distinto. Sino porque en el fondo hay cosas—canciones, personas—que no se repiten para cambiar, sino para volver a sentirlas. Aunque sea solo una vez más.
Suena el timbre.
Abres la puerta con una mezcla de culpa y desafío que uno ensaya sin darse cuenta. El vecino sonríe. Quizá porque ya se sabe la canción sin haberla elegido. No viene a protestar. Viene a pedir un bis. Y tú ya sabes que vas a dárselo.
Yes.
