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9. Orígenes I. Los que me ruborizan y los que se convirtieron en certezas

La adolescencia es ese laboratorio un poco caótico en el que uno empieza a escuchar de verdad. No mejor ni más afinado: más tuyo. Hasta entonces, la música es un ruido amable que viene de fuera; un día deja de serlo y se convierte en una elección. Y elegir, aunque no lo parezca, es una forma bastante seria de empezar a ser. También aparece esta necesidad: que una canción diga, por fin, lo que una todavía no sabe ordenar en palabras. El oído se educa así, a golpes de estribillo y de intuición, entre lo que te ponen y lo que decides quedarte. Y en ese trayecto, que parece menor, se cuela todo: la identidad, la rebeldía, el gusto. Incluso una cierta manera de estar en el mundo.

Durante un tiempo creí que las canciones hablaban de mí. Luego entendí que no: que era yo la que se escondía en ellas. Para exagerar, para sentir más, para no tener que explicar nada. Y eso empezó mucho antes de tener buen gusto. Dicen que el oído no nace: se hace. Y casi siempre llega tarde, cuando una cree que ya tiene decidido todo lo importante y descubre que no. Hay una edad en la que no se escuchan canciones: se creen. Luego pasa el tiempo, creces —o algo parecido— y entiendes que muchas de aquellas canciones que defendías como si fueran tesis doctorales hoy te darían para esconderte debajo de la mesa en una cena con amigos. Y sin embargo, qué necesarias fueron.

Pongámonos en situación: una chica de unos trece años. Sus canciones. Y lo que le pasa por la cabeza cuándo las escucha.

Primero está el caso de “esa chica que empieza a salir de fiesta”. Todo me gusta. Absolutamente todo. Lo que sonaba en Cuadros, sin excepción. Canciones que hoy no defendería ni bajo juramento, pero que entonces mi amiga Paula y yo nos sabíamos de memoria. Muchas de ellas me han facilitado los descartes de esta lista, me ruborizan, aunque a alguna ha podido colarse. Si me acusaran de mal gusto musical y tuviera que ir a juicio, ante la pregunta:

– ¿Cuáles son esas canciones descartadas a las que usted se refiere?

– Lo más honesto sería decir: Señoría, me acojo a la quinta enmienda.

Luego existe un caso mucho peor: el amor adolescente. Ese territorio donde cualquier canción sirve de refugio. Este también me sonroja. Y mucho. Ver a Carlos hablando con Tania justifica tardes enteras escuchando canciones demasiado cursis, por decirlo de forma amable, en bucle. O las canciones de aquel verano en Inglaterra en la que echaba de menos a alguien y me servían de salvavidas. Descartes evidentes que tampoco hace falta mencionar y que, de recopilarlos algún día serían una Cara B muy de Serie B. Menos mal que aquel verano apareció Oasis.

Y mi caso favorito: el de grabar videoclips en VHS con mi hermana. Esperar el momento exacto —casi siempre en el desayuno—, tener la cinta preparada y darle al REC como si fuera una cuestión de vida o muerte. Ahí ya no valía cualquier canción. Ahí empezaban las que eran nuestras. Aún conservamos con mucho amor esas cintas, no por su contenido, sino porque es algo que siempre nos unirá a las dos. How Bizarre.

De ahí salieron las canciones que de verdad me importan. Las que empezaron a definir mi gusto, no porque me las impusiera ningún DJ fantasma de los sábados pasados, más pendiente de mirarse en el reverso de un CD que de pinchar.

Este caso solo se sustenta si existe verdadero interés por la música. Cuando empiezas a descubrir esas canciones que sirven de pretexto para encerrarte en tu cuarto. Cuando abres un CD para el que llevas un tiempo ahorrando, sacas el libreto de las letras como si fueran instrucciones para entenderte y gastas pilas en el discman sin parar. Canciones que definen tu personalidad, con las que muestras rebeldía, impaciencia y que todavía están llenas de inseguridades.

Ahí empezó todo. Ahí empezó a construirse algo más serio que un gusto musical: una pasión. Y hoy, ya bastante lejos de aquella adolescencia —menos mal—, solo puedo dar las gracias a esa chica por haber sentido ese amor verdadero en los 90.

Los últimos años de aquella década merecen otra lista. Distinta y aparte. Cambió el rumbo. Los grupos ya no salían de la VIVA o de la MTV, sino de la desaparecida revista TIPO. El primer recuerdo de ese cambio es la última canción de esta lista. Y será la primera de una futura.

Para Rebeca y Paula.

Yes.


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