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4. Un clic en el alma (tres minutos o más que lo cambian todo)

La música, como toda forma de arte, produce estímulos que rara vez son universales. Lo que para mí puede ser solo una simple canción que pasa desapercibida, para otro puede ser el recuerdo de la mejor noche de su vida. Lo que para mí es un temazo que me hace tilín por razones que tal vez ni yo misma comprendo, a ti puede resultarte totalmente prescindible. El poder de la música no radica únicamente en su calidad, sino en el vínculo íntimo que establece con quien la escucha. Se trata de una relación profundamente subjetiva. No existen canciones objetivamente imprescindibles: existen experiencias personales que las convierten en necesarias.

Y, sin embargo, hay una sola razón que justifica ese vínculo especial que sentimos con ciertas canciones. Son aquellas capaces de provocar en nosotros una reacción emocional, una atracción súbita, instantánea, casi mágica: un clic en el alma que lo cambia todo. Cuando una canción nos traspasa el alma —cuando supera el umbral máximo de estimulación— despierta en nosotros algo profundo y poderoso. Una sensación que no solo nos conmueve, nos altera el pulso, reorganiza los recuerdos y hace fluir la conciencia hasta el punto de transformarnos. La música tiene, además la capacidad de activar la memoria de forma involuntaria (basta que suene “esa canción” en los auriculares o en los altavoces del coche para que, de forma impulsiva, pulsar el botón de repeat para experimentar una y otra vez lo sentimos en aquel entonces).

Las canciones suelen medir su éxito en cifras — reproducciones, ventas, listas— pero el verdadero alcance de una canción es imposible de cuantificar. Ocurre en el ámbito más íntimo, en ese espacio donde la experiencia individual resignifica el producto colectivo. Allí es donde una canción deja de ser simplemente contenido y pasa a formar parte de nuestra identidad, de nuestro archivo emocional. Esa es la magia de la música y también su misterio: su capacidad de sonar de forma distinta en cada alma hasta terminar organizando los fragmentos de nuestra biografía.

Esa canción que nos atrapa, lo hace, la mayoría, por casualidad, como si hubiera estado esperando el momento exacto para cobrar forma. Puede aparecer en el comienzo de algo especial o en el final trágico de una historia; en un recuerdo compartido, en un lugar y un tiempo determinados. O, en el mejor de los casos, hay canciones que se convierten –como una mujer de verde– en sí mismas, en personas indispensables de nuestra vida. Eso es lo que merece la pena buscar: esa canción capaz de transformarse en energía que nos encienda por dentro y nos atraviese. Un clic en el alma que irrumpa en silencio, y que, al encontrar su lugar en nosotros, parezca que ha estado sonando desde siempre. Porque hay canciones que no dicen nada…hasta que, de repente, lo dicen todo.

Yes.


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