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10. El ruido de Madrid (notas desde un tren de vuelta)

Soñé con huir muchas veces.

No a otro lugar, sino a otra versión de mí. Durante un tiempo pensé que bastaba con cambiar de paisaje para poder rozarla con los dedos. Como si poner kilómetros de por medio pudiera modificar algo más que la distancia. Pensé que otra ciudad, otro cielo, otra calle, tendrían la delicadeza de convertirme en alguien distinto.

Las ciudades tienen esa crueldad: acaban pareciéndose demasiado a lo que sentimos. Se vuelven espejo, refugio, amenaza. Madrid, para mí, siempre ha sido eso: el mercurio de mi ánimo. El lugar donde mi vida se detuvo porque así lo sentía, pero también aquel al que siempre vuelvo cuando necesito huir.

Escribo estas palabras en un tren de vuelta, con Madrid quedándose atrás a la velocidad exacta de las cosas que no se terminan de ir. Es lo que me hace sentir cuando me alejo de ella. Hay ciudades que abandono con alivio. Pero Madrid no. Madrid siento que se queda atrás como cuando dejo una conversación interrumpida o una frase que todavía no sé del todo cómo acabar.

Quizás lo que más me guste de Madrid es lo desconocido. La gente anónima. La multitud zombi. Los lugares fantasma. Las fachadas encendidas. Me gusta descubrir silencio en el tumulto, saltar por sus tejados. Atravesar la grieta por la que la ciudad, cuando se rompe, deja escapar todo aquello que se empeña en esconder: el incesante tráfico, los ruidos que nunca llegan a ser sonidos, la prisa convertida en enfermedad común, la soledad camuflada entre miles de personas y la tristeza de quienes sobreviven a plena luz. Esas personas a la que la cuidad mira de reojo sin detenerse, porque Madrid, también sabe ser cruel.

Esa es su cara amarga. La difícil. La que no cabe en las fotos ni en las terrazas ni en las canciones. Pero sería injusto quedarse solo ahí. Porque Madrid, incluso cuando parece resquebrajarse, sigue provocando en mi algo parecido a una sacudida eléctrica.

Madrid es para vivirla, desquiciarte, aprender y sentirte parte. Es caminar sin rumbo, extrañarte, sorprenderte, trastornarte. Madrid me extraña, me contradice, me zarandea. Me hace sentir parte de algo que quedó a medias, algo que no entiendo del todo, pero que, por alguna razón, necesito cerca.

Madrid es una fuente para quien necesita crear, cambiar, evolucionar o equivocarse. Madrid inspira. De sus callejones salen ideas, noches, movimientos, conversaciones, amistades, despedidas. Todo parece posible que suceda allí, incluso cuando no sucede nada. Sobre todo cuando no sucede nada.

Y yo, muchas veces, necesito sentir eso.

No olvido Madrid. La llevo conmigo como se llevan ciertas canciones o ciertos nombres, ciertos portales a los que no vuelvo pero reconozco de memoria. Los lazos con una ciudad no se rompen de golpe. Se aflojan, se disimulan, se guardan. Pero siguen ahí. Los verdaderos amigos que la distancia no consigue apartar, las personas que se quedaron — incluso las que tomaron otro camino— o los vínculos con mis primas que desde ese ático en Vallehermoso se hicieron más fuertes. Todo eso también es Madrid. No la ciudad, sino la vida que me ocurrió dentro de ella. Madrid es un millón de sueños rotos. Algunos se cumplieron, pero saben a poco.

Porque mi Madrid no solo es una postal, ni la Gran Vía iluminada, ni un callejón en Jorge Juan, ni un ático donde pasaron demasiadas cosas. Mi Madrid es una etapa. Una educación sentimental, y también académica. Fue una manera de aprender a mirar el mundo con más miedo, sí, pero también con más deseo.

Madrid me hizo crecer. Me obligó a mirar más allá de lo que conocía. Me ayudo a entender que la vida también puede construirse desde la intuición, desde la belleza, desde el vértigo.

Por eso Madrid siempre tendrá algo que ninguna otra ciudad tiene. Porque hay lugares que abandono y lugares que se quedan haciendo ruido dentro para siempre.

Madrid, en mí, todavía suena.

Yes.

No solo se necesita huir al ruido de Madrid…

12. Cosas que me gustan de Nueva York. Y lo contrario.


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