Dos chicas disfrutan de un concierto de Natos y Waor. Son jóvenes, guapísimas y llevan un outfit que, estoy convencida, no decidieron cinco minutos antes de salir de casa. Una de ellas luce unas uñas largas y perfectas; la otra no. Se graban con el móvil, brindan con vasos de plástico como si aquel fuera el mejor viernes del año y cantan cada canción como si la hubieran escrito para ellas.
Lo más importante es que están completamente ajenas al mundo.
O, al menos, a nosotros.
Tres filas más atrás, tres amigos empiezan a observarlas.
En menos de cinco minutos ya sabemos que una estudia Biología. La otra trabaja en un laboratorio y, por eso, no puede permitirse llevar esas uñas que tanto le gustaría tener. Nos imaginamos que se conocían desde pequeñas, son eso que ahora llaman BFF: best friends forever. Decidimos cuál de las dos es la responsable y cuál la caótica; quién convenció a quien para venir y por qué una de ellas mira tanto el teléfono.
Intuimos que está esperando un mensaje.
Probablemente de alguien que no debería importarle tanto.
Todos somos guionistas frustrados. No observamos. Completamos. La realidad nos parece insuficiente y necesitamos rellenar los huecos. Nos basta una mirada demasiado larga, una mano temblorosa o una conversación escuchada a medias para construir una vida entera.
En mi grupo de amigos, eso tiene nombre.
Lo llamamos hacer infrahistorias.
Mirar a un desconocido y reconstruirle una biografía con una seguridad completamente injustificada. Es un pasatiempo completamente inútil. Pero bastante divertido.
Podemos estar en una terraza, en un restaurante o esperando un tren. Elegimos a alguien al azar y le inventamos un trabajo, una familia, una relación sentimental y algún pequeño drama. A veces, incluso, un pasado que explique por qué lleva veinte minutos removiendo un café que hace rato dejó de estar caliente.
Lo curioso es que nunca acertamos. O quizás sí. Y, en el fondo, tampoco importa.
Porque las infrahistorias nunca hablan realmente de los desconocidos. Hablan de nosotros. De lo que damos por hecho, de lo que tememos y de lo que creemos posible. De cómo entendemos una amistad, una ruptura o un viernes cualquiera. El optimista imagina un reencuentro; el desconfiado una traición. Cada uno completa los huecos con aquello que lleva dentro.
Nos basta un gesto, una frase aislada o la forma en que alguien escribe un mensaje para construir una historia que, a nuestros ojos, resulta perfectamente coherente, aunque quizás no tenga nada que ver con la realidad.
Quizás ese sea el verdadero sentido: no descubrir quiénes son los demás, sino recordar que nunca llegamos a conocerlos tanto como creemos.
Nuestra imaginación trabaja mucho mejor que nuestra capacidad para aceptar que, a veces, simplemente no sabemos nada.
Tal vez por eso hacemos infrahistorias sobre los demás y también sobre nosotros mismos. Porque desconocer nos incomoda. Preferimos una mentira bien construida a un espacio vacío. Necesitamos pensar que todo gesto tiene una explicación, que cada silencio esconde algo y que todas las piezas terminarán encajando si las observamos durante el tiempo suficiente.
La realidad nunca nos pareció suficiente.
Así que aprendimos a rellenarla con ficción.
Las dos chicas continúan cantando como si cada canción fuera un himno. Una levanta el vaso, la otra guarda por fin el teléfono y ambas se besan cuando empiezan a sonar los primeros acordes de Cicatrices, su canción favorita.
«Disfruto los momentos felices en honor a los tiempos difíciles», canta Natos.
Ellas siguen completamente ajenas al mundo.
Nosotros seguimos tres filas más atrás, convencidos de conocerlas un poco.
Y, probablemente, acabábamos de equivocarnos en casi todo.
Yes.

Como el silencio también sabe rellenar muchos huecos:
https://trackmedown.blog/6-el-silencio-entre-cancion-y-cancion/
